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En lo alto de la Sierra, a 1.235 metros, el Santuario de San Miguel de Aralar puede presumir de infinitas virtudes, pero sin duda, lo hará del paisaje. Los 1.494 metros del monte Beriáin, el espolón de San Donato, el Corredor del Araquil 700 metros más abajo, el desfiladero de Oskía, la Sierra de Urbasa, el banco rocoso de Putretoki y al fondo los lejanos, pero siempre presentes Pirineos, nos pueden quitar el aliento. Aún con niebla, bastante habitual en Aralar, siempre que no sea demasiado espesa, la panorámica no pierde su encanto. Es más, envuelve todo en un halo mágico de historias y leyendas tenebrosas.
 
Antes, llegar a San Miguel suponía un gran esfuerzo, ya que no exisitían carreteras y la marcha podía llegar a costar más de dos horas. El santuario era el premio que los agotados romeros recibían tras su peregrinación. Es más, incluso hubo un capellán que se opuso constantemente a la construcción de estas vías, ya que temía que con ellas, la ardua romería perdería su sentido.
 
El Santuario de San Miguel de Aralar fue alzado en el 1074. Tiene tres naves, tres ábsides y un pórtico, además de una capilla en su interior del siglo XII de la que cuentan está construída sobre el lugar en el que se le apareció un dragón al caballero navarroTeodosio de Goñi. Según la leyenda, el arcángel le salvó con su cruz del dragón y liberó al caballero de las cadenas que le ataban como condena por haber matado a sus padres en un ataque de celos.
 
La joya más valorada en Aralar es un retablo considerado como una de las obras de esmaltería más emblemáticas de la Edad Media. Es de finales del siglo XII y ofrece una belleza y combinación de colores inusitada. Comparte protagonismo con la talla de plata sobredorada de San Miguel, santo que todas las primaveras visita los pueblos de Navarra con el deseo de que lleve lluvia. Bendice a las gentes, al ganado y los campos y es recibido en ellos con todos los honores.